
Regalar fresas con chocolate artesanal en el coro y venderlas no piden las mismas manos, aunque el chocolate sea el mismo. No hace mucho una compañera me preguntó cuánto le cobraba por una caja para el cumpleaños de la sobrina, y no supe qué contestarle rápido, ahí empezó, sin que yo lo planeara, mi primer paso hacia algo parecido a un emprendimiento casero.
Antes de seguir, la nota de siempre: este cuaderno tiene enlaces de afiliado adentro. Si terminás abriendo algún curso o material a partir de uno de ellos, me llega una comisión y a vos no te cambia el precio ni un peso. Sólo menciono lo que de verdad pasó por mi mesa de Tres Cerritos, no soy empresaria ni chef, soy bibliotecaria escribiendo lo que aprendo rompiendo moldes los domingos.
El primer paso de un emprendimiento casero
Ese primer paso no fue glamoroso. Tuve que aceptar que mis utensilios para hacer fresas con chocolate alcanzaban para una tanda de mí sola, no para tres docenas de una. El atajo que probé primero fue templar todo en el microondas siguiendo un video de un minuto, salió granulado, sin brillo, y la tanda entera terminó en la basura.
Lo que hace falta antes de decir que sí
A ver: para mí, ordenar la cabeza antes que la cocina fue el paso real. Me senté con el iPad una tarde y empecé a mirar los módulos de Fresas con Chocolate Emprende Desde Casa, más que nada porque necesitaba que alguien me pusiera los pasos en orden en vez de ir juntando videos sueltos por mi cuenta.
No busco enseñarte bombonería ni prometerte una fábrica en la cocina, de eso ya se ocupan otros cuadernos, y no es el mío. Lo que sí me quedó de esos módulos es que la fresa es fruta delicada, y que elegirla por el cabito firme dice más que elegirla por lo roja que se vea en la góndola.
El calor de Tres Cerritos no perdona el chocolate artesanal
Un día de mucha humedad el chocolate me salió con esas manchas blancas que dan ganas de tirar todo por la ventana, y ahí entendí que no era mala suerte sino temperatura mal llevada, ese tema más técnico se lo dejo al cuaderno que se dedica solo a eso, yo acá sólo cuento lo que viví. Sé que hay quien tempera a ojo, sin termómetro, pero yo todavía no me animo a soltar el mío.
Si los términos te marean, hay un glosario de templado que ordena las palabras sueltas. En los días de más calor acá en Salta el chocolate suda igual aunque hayas templado bien, un problema que todavía no tengo resuelto del todo. Tampoco es lo mismo la cobertura del supermercado que el chocolate de verdad para alguien que recién arranca, se comportan distinto bajo el termómetro, y ese tema también se lo dejo a otro cuaderno.
Ordenar el cajón del bajo mesada
Ordenar el cajón donde apilo los moldes, con papel de cocina entre uno y otro para que no se rayen, me llevó más domingos de los que pensaba. La ventana de la cocina da al patio interno del edificio, del lado que no recibe sol de la tarde, así que en verano el chocolate se enfría más lento de lo que me gustaría.
El brillo del molde depende más de cómo lo lavás después de usarlo que de la marca que compraste, eso lo aprendí rompiendo un par de moldes finitos antes de animarme a algo mejor. Mirta, que canta en el coro los jueves a la tarde, me prestó un rollo de cinta que tenía sin estrenar en un cajón de su casa; es de esas personas que junta cosas nuevas sin usar y después las regala justo cuando hacen falta.
Para la semana ocho ya tenía ese cajón más ordenado que la mesa de la cocina de la escuela, y el olor dulzón se quedaba pegado hasta el lunes en los almohadones del sillón, por más que hubiera ventilado bien. Los rellenos que uso salen de lo que tengo en la alacena, nada comprado especial para la ocasión.
Practicar buscando que las fresas con chocolate profesionales quedaran prolijas en la caja me sirvió más que cualquier lista de pasos escrita a las apuradas. Ahí fue cuando entendí que emprender, para mí, era menos sobre un plan y más sobre repetir hasta que la mano no dudara.
Una fresa que ya no escondí
Lucinda, que me escribe seguido con mensajes larguísimos antes de llegar a la pregunta, me contó una vez que a ella también le costaba soltar la idea de cobrar por algo que había empezado como gusto. Me hizo bien leerla, la verdad, porque yo estaba pasando por lo mismo.
Me comí una fresa bañada parada frente a la heladera a las once de la mañana, sin taparla con el repasador antes de que alguien me viera con las manos manchadas. Fue una pavada, pero ahí noté que ya no me daba vergüenza que esto ocupara un lugar serio en mi semana, aunque siguiera siendo algo chico.
El Fresas con Chocolate Emprende Desde Casa fue el empujón que necesitaba para dejar de regalar sin pensar y empezar a decidir a quién, cuándo y con qué ánimo digo que sí. No voy a decirte que armé un plan de negocios ni que tengo una planilla con números, esa no es la bibliotecaria que escribe acá, y para eso hay cuadernos más serios que este. Antes de prometerle una caja a nadie sí repaso cuánto duran las fresas, porque la honestidad con quien te compra es un paso tan real como cualquier otro, más que el lazo lindo de la caja.
Si tenés que quedarte con un solo paso de todo esto, que sea este: antes de venderle algo a alguien que salió de tus manos un domingo, fijate que todavía te guste hacerlo un lunes cualquiera, sin que nadie te lo pida.